Fragmentos


Dentro de la bola de nieve del escritorio de mi padre había un pingüino con una bufanda a rayas rojas y blancas. Cuando yo era pequeña, mi padre me sentaba en sus rodillas y cogía la bola de nieve. La ponía al revés, dejaba que la nieve se amontonara en la parte superior y le daba rápidamente la vuelta. Los dos contemplábamos cómo caía la nieve poco a poco alrededor del pingüino. El pingüino estaba solo allí dentro, pensaba yo, y esto me preocupaba. Cuando se lo comenté a mi padre me dijo” No te preocupes, Susie; Tiene una vida agradable. Está atrapado en un mundo perfecto”

Susie Salmon

- Supongamos que tenemos dos habitaciones comunicadas por una puerta. En la primera, hay un niño llorando. Lo llamaremos A. En la segunda, hay otro niño y también está llorando. Lo llamaremos B. Mientras la puerta está cerrada, la suma de A más B, a la que llamaremos X, equivale efectivamente al total del llanto que podemos escuchar. [...]

Veamos ahora qué ocurre si abrimos la puerta, es decir, si permitimos que las partes se interrelacionen entre sí. Aquí la situación se complica, se hace mucho más compleja de lo que parece, porque puede ser que A y B decidan seguir ignorándose, que se den la espalda y sigan llorando igual que antes.

Peor también puede ser que A sienta una curiosidad repentina por el llanto de B, y deje de llorar para quedarse mirándole. Y puede ser que ocurra lo contrario, que sea B quien dejé de llorar al percibir el llanto de A. Con suerte, A, o B, cruzará la puerta para jugar con su compañero, y si logra convencerlo, entonces el llanto cesará por completo.

Con mala suerte, A, o B, furioso como consecuencia del berrinche, atacará al contrario, los dos se enzarzarán en una pelea, se pegarán, se harán daño, y su llanto crecerá, se hará mas violento, más desesperado, y en consecuencia, mas sonoro. ¿Lo entiendes?

- Sí. Eres buen profesor.

- Desde luego que lo soy – sonreí – Y, por lo tanto, espero que hayas comprendido que X puede resultar igual, mayor o menor que la suma de A más B. Eso depende de la interrelación de las partes. Por eso, sólo podemos afirmar con certeza que el todo es igual a la suma de las partes cuando las partes se ignoran entre sí.

Yo prefiero no ignorar y al sumar hacer menos ruido. ¿Y tu?

Cuando se me cruza el cable me da por ir a la fnac a gastarme el sueldo.

Hace tiempo compre 4 o 5 libros. Normalmente los dejo formando una montañita encima de los ya leidos (que ya tienen su huequecito asignado). Y ahí, apiñados, estaban “El niño del pijama de rayas” y “Déjame que te cuente…“.

Estos los compre hace un par de meses pero no habia tenido ni tiempo ni ganas de leerlos. Ya sabeis lo que ha pasado con Bruno.

Ahora os contaré lo que ocurre con Jorge.

“Déjame que te cuente” lo tenía en la estantería, en ese montón de libros pendientes, de historias sin empezar. En Ginatonic lei el cuento del elefante atado a la estaca, un cuento de Jorge Bucay.

Esta mañana (por decir algo….), antes de ir a trabajar, este libro ha saltado sin querer a las profundidades de mi bolsomaletamochilla. Esta tarde he aprovechado el no tener ningun jefe a la vista ni nada de trabajo para dedicarme a leer.


Las alas son para volar

Cuando se hizo mayor su padre le dijo: ” Hijo mío: no todos nacemos con alas. Si bien es cierto que no tienes obligación de volar, creo que sería una pena que te limitaras a caminar teniendo las alas que el buen Dios te ha dado”

- Pero yo no sé volar- contestó el hijo

- Es verdad…. – dijo el padre. Y, caminando, lo llevó hasta el borde del abismo de la montaña.

- ¿Ves, hijo? Este es el vacío. Cuando quieras volar vas a venir aquí, vas a tomar aire, vas a saltar al abismo y, extendiendo las alas, volarás.

El hijo dudó.

- ¿Y si me caigo?

- Aunque te caigas, no morirás. Sólo te harás unos rasguños que te harán más fuerte para el siguiente intento – contestó el padre.

El hijo volvió al pueblo a ver a sus amigos, a sus compañeros, aquellos con los que había caminado toda su vida.

Los más estrechos de mente le dijeron: >

Los mejores amigos le aconsejaron: >

El joven escuchó el consejo de quienes le querían. Subió a la copa de un árbol y, llenándose de coraje, saltó. Desplegó sus alas, las agitó en el aire con todas sus fuerzas pero, desgraciadamente, se precipitó a tierra.

Con un gran chichón en la frente, se cruzó con su padre.

- ¡Me mentiste! No puedo volar. Lo he probado y ¡mira el golpe que me he dado! No soy como tú. Mis alas sólo son de adorno.

- Hijo mío – dijo el padre – Para volar, hay que crear el espacio de aire libre suficiente para que las alas se desplieguen. Es como tirarse en paracaídas: necesitas cierta altura antes de saltar.

Para volar hay que empezar asumiendo riesgos.

Si no quieres, lo mejor quizá sea resignarse y seguir caminando para siempre.

¿ Y tú? ¿Has desplegado tus alas o vas a seguir caminando para siempre?


Yo tengo muy claro que vivo en un micromundo, un micromundo de mujeres autónomas, independientes y relativamente bien pagadas (ejem, es un decir) en el que habitamos mis amigas y yo. Porque lo cierto es que la tasa de empleo femenino en el primer mundo es muy baja, no llega al 33%, y de ese tanto por ciento, la mayoría de las mujeres ocupan el subempleo, trabajos alienantes y mal remunerados, concebidos (por el patrón) y aceptados (por la trabajadora-esclava) sólo para obtener un sueldo complementario al que el hombre aporta a la unidad familiar. Pero algunas mujeres se mantienen, las habitantes de ese micromundo al que supuestamente pertenecen Ally McBeal o Bridget Jones.

Ally McBeal es una abogada a la que jamás hemos visto preparar un juicio, buscar jurisprudencia, consultar archivos, a la que nunca le fijan una vista seis meses después de presentar la demanda ni tiene que embarcarse en interminables juicios de tres o cuatro años remontando los meandros laberínticos del sistema jurídico. O sea, Ally McBeal es una abogada que no existe. En primer lugar, no existe porque un personaje como ella no tiene cabida en el mundo real (y a poco que siga adelgazando tampoco lo tendrá en el mundo catódico, porque cualquier día de éstos desaparecerá, se desvanecerá en el éter y sólo nos quedará su vocecita de pito. Ally reducida a una voz en off). En general, una abogada de menos de treinta años o bien está trabajando como una negra doce horas diarias, casi siempre a cambio de un sueldo ínfimo, o bien está en el paro (uis, esto me suena…). Desde luego, lo que no se pasa es el día en el despacho flirteando con el jefe, cotilleando con un váter parlante o suspirando por un ansiado novio que nunca llega. Por lo demás, cualquier mujer de treinta años no tiene el cuerpo de Ally McBeal, a no ser que sea anoréxica.

En cuanto a Bridget… Diosa de mi vida…para qué hablar. Yo he trabajado en el mundo editorial desempeñando, precisamente, el mismo puesto que re supuestamente realiza la boba esa y puedo asegurar que:
a) se trabaja mucho mas
b) siempre vas mal de tiempo
y, de verdad, no tienes la cabeza como para ocuparla en chorradas tales como preocuparte por tal novio que no llega (más bien, debes preocuparte por esquivar a sobones varios, de los que abundan en el medio), y
c) los jefes suelen ser unos señores con barba, barriga, canas, gafas y neurosis suficiente como para protagonizar cada uno un tratado de psicología (vaya, esto también me suena…aunque creo que falta “capullo integral”), nada que ver con el pijo megaforrado y supersexo que es el jefe de la tal Bridget.

Ya no sufro por amor – Lucía Etxebarria.

Este libro lo empecé a leer sentada al borde de la ventana de mi habitación en el piso 33 de cualquier hotel de cualquier ciudad centroeuropea…Sin ninguna intención de saltar, por supuesto…

Suena: Try – Nelly Furtado